Ojo de buey



A escasos metros del puerto, en el frontis rectangular de un cubil abandonado, había un ojo de buey. Se decía que tras la cavidad permanecía un observador siniestro. Grafiteros pintaron ese espacio con colores gris y negro, dejándolo reluciente. En la noche, la mirada oculta intimidaba a muchos transeúntes en busca de juerga, mientras travestis, transgéneros y pansexuales, se sentían atraídos por ella. A veces, al interior de la construcción se escuchaban ruidos, y la gente comentaba que aquello era el deambular del habitante oculto. Una serie de puritanos, traficantes y matones, aparecieron muertos frente al ojo avizor, desangrados sin piedad. Debido a ello, los trans y afines comenzaron a rendir culto a la entidad que les brindaba protección, dejando a diario flores, estampas, relicarios, cartas, y fotos, en el sector de los crímenes. ​

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