Epílogo


El encuentro con India fue repentino, lleno de imágenes, sonidos, y colores superpuestos. Ciudades populosas, con un tráfico febril funcionando al límite; transeúntes cruzando en las esquinas, señalizando un alto con la mano, mientras los vehículos se detienen a escasos centímetros. Vacas en todas partes, un frenazo, mil bocinas marcando presencia. Y en medio del trajín, la frase que enmarca el concepto de esa particular belleza… “El caos tiene un orden”. Mercados, callejuelas, pequeños comercios de toda índole, locales de comida, especias, templos, seguidores devotos orando, altares callejeros con su lumbre, divinidades veneradas según la creencia, procesiones, la memoria de Gandhi, el sagrado cause del Ganges, escuelas, niños aprendiendo sentados en el suelo, y las maestras impartiendo conocimiento amparadas en el don de la simpleza, gestando así la esperanza del inmenso país, con sus elefantes circulando en regiones diversas, y monos en tropel desplazándose al amanecer entre cornisas y techos. Los Tuk Tuk poblando calles, siempre intrépidos, ciclistas subiendo pasajeros en el asiento trasero de sus vehículos tracción a sangre, trenes interminables conectando el vasto territorio, y el caudal urbano movilizándose hasta entrada la noche, tiempo en que las aves de rapiña ya no sobrevuelan algunos sectores centrales de Delhi.




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