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 CHILE: OSCURO REFLEJO DE LUNA

 

Gris, negro, con matices blanquecinos alumbrando su topografía. En el año 1973, luego de una hecatombe, terrícolas provenientes del sur de América, cuya costa era bañada por las aguas del pacífico, tuvieron que abordar enormes naves espaciales que tras recorrer 384.00 kilómetros aterrizaron en la superficie del único satélite natural de la Tierra, La luna. 

 

   Tres astronautas en jefe comandaron la expedición, y quien estaba a cargo del futuro organigrama socioeconómico de aquella población de origen terrestre fue un economista de la américa del norte, premio Nobel en su disciplina, que tenía una cátedra en la universidad de Chicago, cuyo nombre era M. F. El susodicho viajó con cinco de sus discípulos, todos oriundos del devastado país  austral, a quienes llamaron los “Chicago Boys”. Luego de adaptarse lentamente al uso de vestimenta especial y a movilizarse en una gravedad de 1.62 m/s2, los colonos se organizaron conforme a directrices de los tres astronautas que comandaban la expedición, quienes crearon comandos que impusieron una seguridad férrea. Debido a esto, los habitantes lunares se acostumbraron a acatar y seguir las directrices socioeconómicas de M. F. y sus cinco primeros secretarios de gobierno desde el momento del alunizaje.

 

Cuarenta años después, aquella sociedad satelital era citada como ejemplo de orden y crecimiento per cápita, transformándose en vitrina para terrícolas que se seguían debatiendo entre el caos y las guerras. En la Luna el estado era un ente decorativo, la propiedad privada regía vigorosamente, los bienes comunes no existían, entonces,  con muchísimo esfuerzo, cada ciudadano y ciudadana, que trabajaban generalmente en nueva minería y elaboración de fluidos exportados a la tierra,  debían pagar la educación de sus hijos, la salud de la familia, y además ya cotizaban su propia pensión de vejez, todo esto administrado por los “Chicago Boys” y sus familias, que a su vez eran propietarios del gramado empresarial que gobernaba el satélite. Obviamente el comercio, la moneda, tarjetas de crédito y demás, también formaban parte de ese grupo pequeñísimo, en el cual se basaban mediciones que arrojaban los excelentísimos resultados de renta per cápita que ponían a la sociedad lunar en la vanguardia de todas las economías.

 

El 18 de octubre del dos mil diecinueve llegó la noticia: el satélite estaba en medio de una revuelta popular incontenible, la ira se había apoderado de los habitantes que conformaban la masa trabajadora, empleada por el grupo que comandaba el célebre economista de la América del Norte M. F. Las fuerzas del orden al mando de los tres comandantes no podían contener a los pobladores que flotando, debido a las características del espacio lunar, lanzaban proyectiles que se desplazaban lentamente. Y en medio de turbas que causaban destrucción a su paso, los Chicago Boys prometían cambios que no convencían a nadie, ya que eran tan solo paliativos para frenar aquella indignación que no cesaba en su repudio a un sistema de vida absolutamente desigual. La equidad en el reparto había ido demasiado lejos, y los pobladores lunares estaban decididos a dejar la vida en pos de sus consignas. Las milicias satelitales disparaban contra los manifestantes, ocasionando la muerte de cientos de personas, mientras los demás se dedicaban a destruir las instalaciones de aquella ciudad instalada a cientos de miles de quilómetros del planeta Tierra.

 

Ante las condiciones de temperatura, debido a la alternancia oscuridad luz, obviamente en el exterior todos manifestaban cubiertos con sus trajes de supervivencia, que al ser averiados por el impacto del sofisticado armamento que portaban las fuerzas de seguridad, liberaban la sangre que se evaporaba de inmediato debido a la  luminosidad y el calor  que proyectaba la tierra. Pero si algún sangrado mortal se producía en la noche, el frío extremo congelaba el fluido, transformándolo en pequeñísimas partículas color granate que lentamente se dirigían al suelo en medio de la profunda oscuridad de la noche.  

 

 

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